Misión

Asociación civil no lucrativa, dedicada a preservar aves mexicanas en peligro de extinción mediante la reproducción de ejemplares en cautividad y la reinserción a la naturaleza de crías nacidas en aviarios.

http://www.txori.org/

lunes 19 de diciembre de 2011

LA COTORRA DE CAROLINA ¿AVE MEXICANA EXTINTA?


Por: Víctor Busteros Ángeles / Fundación Ornitológica Txori
Tesina de admisión a la Sociedad de Ornitólogos Psittacidae / noviembre de 2011



Por lo general, cuando los mexicanos oímos hablar de aves psitácidas siempre las relacionamos con ambientes tropicales como los fragmentados reductos selváticos que aún existen en el sur y sureste del país. Si bien es cierto que ahí es donde podemos encontrar el mayor número de especies, la realidad es que también habitan en regiones y ecosistemas muy diferentes.

Algunos ejemplos son la guacamaya verde (Ara militaris) de la cual hay una importante población en las Barrancas del Cobre, en el norteño Estado de Chihuahua; o la cotorra serrana (Rhynchopsitta pachyrhyncha) que en grupos dispersos se distribuye en bosques a lo largo de la Sierra Madre Occidental, desde el norte de Jalisco hasta más allá de Sonora; o el loro montañés (Amazona finschi) cuyas colonias frecuentemente encontramos en ambientes urbanos del occidente del país.

Uno de los pericos americanos más singulares por su área de distribución era la cotorra de Carolina (Conuropsis carolinensis), el psitácido más septentrional del continente y el único autóctono de los Estados Unidos. Sus grandes colonias, conformadas por cientos de individuos, se distribuían en bosques y humedales entorno al Golfo de México, desde el centro de Texas hasta Florida, y a lo largo de la cuenca del Mississippi hasta Virginia. De hecho, el nombre común de la especie es alusivo a las Carolinas, región donde se concentraban en mayor número.

Era un pájaro de talla regular, medía entre 28 y 30 centímetros, su plumaje era de color verde azulado; excepto en su cabeza y cuello donde predominaba el amarillo; y en su frente y cara el naranja.

Las primeras referencias de esta ave fueron hechas por exploradores españoles y franceses en los siglos XVI y XVII. Sin embargo, su descripción científica se le atribuye al naturalista y taxónomo sueco Carl Linnaeus en 1758.

Como todos los psitácidos, el también llamado periquito de Carolina (Carolina parakeet) era un animal muy inteligente y seguramente esa cualidad le permitió sortear las adversidades ambientales propiciadas por el avance de los asentamientos humanos.

A partir del siglo XVII los colonizadores europeos comenzaron a modificar drásticamente el hábitat original de la especie. Contrariamente a lo que podría suponerse, la sistemática deforestación de bosques y desecación de pantanos para transformarlos en sembradíos y campos de pastoreo no fueron el principal motivo de su decadencia. Más bien fue el gusto que estos pájaros desarrollaron por los granos y frutas que encontraban en las parcelas agrícolas.

Hasta principios del siglo XIX la cotorra de Carolina era un animal muy abundante. No obstante, los granjeros la consideraban una plaga, ya que solían alimentarse en sus huertos y sembradíos. Acusada de arruinar cosechas fue cazada indiscriminadamente; además, el comercio de sus plumas para decorar prendas femeninas resultó una moda y negocio rentable que exacerbó la matanza. Para mediados de siglo la especie prácticamente había sido exterminada, sólo algunas parvadas sobrevivieron de forma aislada en regiones remotas de los estados del Golfo.

Tras la guerra de Estados Unidos contra México (1848) y el incremento de migraciones europeas, con la consecuente ocupación masiva de zonas despobladas de Texas y otros estados del sureste de la Unión Americana, se agravó la situación de la especie. Además de la cacería, se sospecha que las últimas poblaciones silvestres sucumbieron ante las enfermedades que portaban los animales de granja que introdujeron los colonos.

Entre 1900 y 1904 se reportaron los últimos ejemplares salvajes cazados en la península de Florida y en 1918 se registró la muerte del único periquito de Carolina que sobrevivía en el Zoológico de Cincinnati, el cual años después se supo era el último de su especie. Actualmente, la única evidencia física de la existencia de esta ave son especimenes disecados, huesos, huevos, plumas, dibujos y fotografías que se conservan en un reducido número de museos y colecciones taxonómicas.


La historia de la cotorra de Carolina es un lamentable ejemplo de la inconciencia y poder destructivo del ser humano. Paradójicamente, salvar a la especie no hubiera presentado mayor problema, ya que se reproducía con facilidad en cautiverio, pero nunca se le valoró hasta que fue demasiado tarde.

En el ámbito ornitológico se ha discutido bastante si la Conuropsis carolinensis debe o no enlistarse también como una especie mexicana extinta. Hay suficientes argumentos que lo justifican, entre ellos referencias de los siglos XVIII y XIX que confirman la existencia de poblaciones marginales en la costa norte de Tamaulipas, y por supuesto el hecho de que Texas fue territorio mexicano hasta mediados del siglo XIX, justo en la época que la especie entró en la fase final de su existencia.

En mi opinión la cotorra de Carolina sí debe incluirse en la lista de animales mexicanos extintos y su trágica historia debe socializarse ampliamente como un ejemplo de lo que podría sucederle al resto de las especies psitácidas mexicanas, las cuales están seriamente amenazadas por la destrucción de su hábitat natural y la depredación por parte de traficantes de fauna silvestre.

Aunque el Gobierno Mexicano ya estableció medidas para proteger a los psitácidos nativos, estas aún son insuficientes y en algunos casos contraproducentes. Desde luego, el primer paso para preservarlos es detener la deforestación y reforzar la vigilancia involucrando a la sociedad civil mediante campañas de información y programas de desarrollo social-comunitario, sobre todo en aquellos lugares en los que todavía hay poblaciones silvestres. Asimismo, el Estado debe promover la investigación científica, tanto de las especies como de su hábitat, e incentivar la reproducción en aviarios legalmente establecidos con la finalidad de crear un programa nacional que articule la cría en cautiverio con la liberación de ejemplares en reservas naturales de reintroducción realmente protegidas.

miércoles 2 de noviembre de 2011

Cacería de aves frena regeneración de bosques tropicales

Fuente: Planeta Caracol/Agencia de Noticias Universidad Nacional.

La regeneración y conservación natural de los bosques tropicales es afectada, cada vez más, por la cacería de las grandes aves silvestres dispersoras de semillas.

Esta es una de las conclusiones a las que llegó la doctora Bette A. Loiselle, directora del Programa de Desarrollo y Conservación Tropical del Centro para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Florida, Estados Unidos, quien socializó su investigación en el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia en su conferencia ‘Importancia de las relaciones en el éxito reproductivo y oportunidades para selección: ejemplos de mutualismos dispersor-semilla y sistemas de apareamiento tipo lek’.

La investigación de la docente parte de la pregunta: ¿Cuál es la importancia de las aves, dentro de la biodiversidad, en la regeneración de los bosques tropicales?

Las investigaciones desarrolladas en Costa Rica y en la Amazonia ecuatoriana permiten concluir que las aves son muy importantes, fundamentales, como dispersores de las plantas, explicó la investigadora. Inicialmente como removedoras de estas semillas y, en seguida, como dispersoras a larga distancia de los árboles que las producen.

“Sin el trabajo de las aves la mayoría de las semillas caerían debajo de los árboles, donde su posibilidad de reproducción y sobrevivencia es mínima debido a las condiciones de luminosidad y a la competencia con sus progenitores”, afirmó Loiselle.

Por eso la conservación de las plantas requiere la dispersión de larga distancia y en estos tiempos, de cambios climáticos, es muy importante buscar sitios nuevos para su regeneración.

Los resultados de la investigación de la profesora Loiselle permiten hacer estudios comparativos sobre aspectos de biodiversidad, temperatura, precipitación, etcétera, porque los procesos son iguales para cualquier región latinoamericana, aunque los resultados sean diferentes.

“Nuestros estudios dejan ver que la cacería de las aves disminuye las posibilidades de dispersión de semillas. La pérdida de los dispersores de gran tamaño se refleja en muy poco tiempo en la disminución de los árboles de semillas más grandes”, advirtió la profesora.

Las aves más vulnerables, según las investigaciones, son los tucanes, las pavas, las guacamayas, los loros y los pericos, dispersores de semillas grandes que no pueden ser manipuladas y trasladadas por las aves pequeñas.

lunes 10 de octubre de 2011

Agricultura orgánica en Txori

Este año, además de haber producido más de doscientos árboles nativos (encinos) que se usarán para reforestar las inmediaciones del aviario, el pequeño huerto ecológico de Txori también está dando frutos: semillas de girasol y jugosos melones, alimentos que se utilizarán para complementar la dieta de las aves alojadas en el aviario.