Misión

Organización ciudadana dedicada a preservar aves mexicanas en riesgo de extinción www.txori.org

martes, 25 de agosto de 2020

SOS, TXORI necesita ayuda

El impacto económico por la pandemia COVID19 ha sido terrible para los proyectos de conservación, sobre todo para aquellos que se mantienen exclusivamente de donativos.

Txori es una iniciativa sin ánimo de lucro cuyo objetivo es preservar aves en peligro de extinción a través de santuarios dedicados a rescatar, rehabilitar, reproducir y, cuando es posible, liberar pericos mexicanos decomisados, abandonados o que nacen en cautiverio; todo ello combinando desarrollo social y restauración de ecosistemas.

Desde su creación, Txori se sostiene con aportaciones privadas provenientes de pequeñas empresas e instituciones, así como de un reducido grupo de donadores y voluntarios que de forma altruista aportan los recursos económicos y en especie que se necesitan para mantener en marcha el proyecto, el cual consta de un pequeño centro de investigación y un aviario reconocido como Santuario de Psitácidos en Centro y Norteamérica.

Lamentablemente, la actual contingencia ha obligado a los benefactores de Txori a suspender o, en el mejor de los casos, a reducir significativamente sus donativos, situación que pone en riesgo la continuidad del proyecto de conservación.

Quienes colaboramos en Fundación Ornitológica Txori te invitamos a visitar www.txori.org para que conozcas más sobre nuestro trabajo.

Si deseas apoyarnos económicamente o en especie escríbenos a info@txori.org

jueves, 10 de octubre de 2019

Preservar loros en ambientes urbanos, una paradoja de conservación.


Octubre 10 de 2019

Por: Víctor Busteros.

Los aficionados a la observación de aves saben que no necesitan salir de las ciudades para poder registrar un importante número de especies. De hecho, los ornitólogos más experimentados frecuentemente se sorprenden por la cantidad y tipos de pájaros que encuentran volando libremente dentro de los parques y jardines de algunas zonas metropolitanas.

Si bien es cierto que las ciudades son enormes consumidoras de recursos naturales, productoras de descomunales cantidades de basura, emisoras de peligrosos contaminantes, foco de enfermedades infecciosas y además el hábitat de dos de los más temibles depredadores que existen en el planeta −el ser humano y el gato doméstico−; también es cierto que para algunas aves se han convertido en una alternativa de sobrevivencia, quizá la última para especies que precisamente por la expansión de la frontera antropogénica han tenido que modificar sus hábitos naturales. Curiosamente, muchos de estos nuevos y singulares ciudadanos alados corresponden a especies catalogadas en peligro de extinción.

Las colonias urbanas de loros (psitácidos) son uno de los mejores ejemplos de lo anterior, ya que en muchas ciudades del mundo han proliferado. Aunque cabe mencionar que la mayoría fueron introducidas, ya que se originaron a partir de la liberación fortuita o deliberada de ejemplares −mascotas o aves de ornato− que permanecían en cautiverio. Sin embargo, también se han descubierto otras colonias que son totalmente silvestres pero que acuden a las ciudades buscando agua, alimento, refugio para pernoctar e incluso para anidar.

Las aves psitácidas tienen hábitos especializados que las hacen depender de ecosistemas complejos ubicados en reductos geográficos bien delimitados, por tal motivo se les considera residentes. Sus desplazamientos a lo largo de las estaciones del año se limitan a la extensión de ciertas franjas o corredores biológicos en los que abundan el agua, alimento y sitios de refugio. En México, por ejemplo, su hábitat se distribuye mayormente en zonas con características de transición florística, algunas veces con altimetría acentuada, lo cual permite climas variados en espacios reducidos y por ende la coexistencia de diferentes tipos de vegetación. Paradójicamente, muchas ciudades recrean tales condiciones.

Entre los casos más conocidos de loros viviendo en ambientes urbanos destacan las guacamayas caraqueñas (Caracas, Venezuela), los loros de cabeza amarilla en Stuttgart (Alemania), las poblaciones de diversos pericos en el sur de California y Florida (EUA), así como la llamada invasión de las cotorras argentinas y de Kramer en Europa; fenómenos relativamente recientes y por ello medianamente estudiados. No obstante, conviene aclarar que salvo las guacamayas caraqueñas, las demás poblaciones urbanas de psitácidas corresponden a especies exóticas que algunos científicos creen que podrían generar problemas ecológicos, sobre todo si se habla de las dos últimas especies –cotorra argentina y cotorra de Kramer−, ambas señaladas como peligrosas invasoras; aunque lo cierto es que la evidencia científica para demostrarlo aún es insuficiente y más aún si consideramos que desde hace siglos hay otras colonias citadinas de especies aviares que hoy también son mal vistas, como las palomas domésticas.

La realidad es que el mayor impacto de estos pericos exóticos va mucho más allá del tópico ecológico, ya que es en las ciudades y no en las áreas silvestres donde se han establecido principalmente. Si analizamos objetivamente lo que sucede en Europa, por ejemplo, veremos que más que especies nocivas para la fauna y flora nativa se les considera una plaga ruidosa que genera suciedad y daños a la infraestructura urbana.   

En México, en cambio, hay importantes colonias de especies nativas establecidas en las principales zonas metropolitanas del país y sus áreas de influencia; sobresaliendo Monterrey, ciudad en la que se han documentado poblaciones residentes de diferentes especies mexicanas, Asimismo Guadalajara, con una de las más grandes bandadas de psitácidos, la cual se compone principalmente de loros de corona lila, una especie por demás interesante, ya que es endémica. Además, en esta misma ciudad hay una creciente población de cotorras argentinas, que a diferencia de otras especies exóticas aparentemente no interactúa con loros nativos.

El tema de aprovechar los ambientes urbanos para preservar especies de loros en peligro de extinción ha dividido a la comunidad científica, motivando acaloradas discusiones y opiniones encontradas. Mientras algunos especialistas consideran que es una estrategia de conservación viable, otros la descalifican por parecerles antinatural.

Lo cierto es que en las últimas décadas la gran mayoría de las poblaciones silvestres de psitácidos han decrecido dramáticamente a causa del tráfico de fauna y a la pérdida de su hábitat natural, agravada por el cambio climático. Por tal motivo, si las ciudades han permitido la subsistencia de algunas especies, no deberían descartarse como santuarios de conservación. Desde luego serán necesarios más estudios, así como monitoreo estrecho y permanente de las bandadas urbanas existentes para controlarlas y evitar daños ambientales mayores.

Defender a los pericos para detener el cambio climático.


Septiembre 24 de 2019

Por: Víctor Busteros.

Ahora que tanto preocupa la crisis climática, pocos se han detenido a pensar que preservar las poblaciones silvestres de pericos y guacamayas es una alternativa real para enfrentarla.

      Cuando en Centro y Norteamérica se habla de aves psitácidas nativas, muy pocos se  refieren a su importancia ambiental a escala global, y es que más allá del enorme valor sociocultural que poseen, y del consabido rol que desempeñan como eslabones de la cadena trófica a nivel local, la mayor función ecológica de las psitácidas es la dispersión de germoplasma, acción que contribuye a regenerar e incluso a extender los bosques que a su vez capturan el bióxido de carbono, infiltran el agua de lluvia y regulan el clima.

      La mayoría de las especies de la región habitan dentro de franjas de transición florística, reductos de gran riqueza y diversidad vegetal que potencializa su función dispersora de polen y semillas, propiciando la reforestación natural de su área de influencia y también de los alrededores.

      En México y Centroamérica las aves psitácidas se consideran “especies sombrilla”, término que en biología se utiliza para referirse a aquellas especies indicadoras que al ser protegidas también permiten proteger  de forma indirecta a otras especies que comparten el hábitat. Es decir, si en un bosque o selva existe una población próspera de pericos o guacamayas se puede afirmar que el ecosistema es saludable.

      Aunque muchos aún lo desestiman, cada vez más ecólogos y ornitólogos confían en que en la medida que se recuperen las poblaciones silvestres de psitácidas se avanzará también en la restauración natural de grandes extensiones deforestadas,  lo cual contribuirá a mitigar los efectos del cambio climático global.